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Mi adiós a Ibercaja

Llevaba tiempo queriendo cerrar una cuenta de Ibercaja por varios motivos: cobran por las tarjetas, cobran por las transferencias realizadas por internet, hace años me colaron un seguro de vida al pedir un crédito para irme de Erasmus, tiene pocas oficinas, etc.

Hasta ahora no había cerrado esa cuenta porque seguía pagando un préstamo, y no quería cancelar el préstamo porque al principal que me quedaba por pagar le podía sacar una rentabilidad mayor invirtiéndolo que el interés que me cobraba la caja. Pero en junio terminé de pagarlo.

Hace unos días transferí casi todo el dinero restante a ING. Pregunté si seguía necesitando la cuenta de Ibercaja asociada, y me confirmaron que no, que al tener la cuenta Nómina de ING con sus tarjetas (gratuitas) asociadas no era necesario. La comercial de ING me ofreció que ellos me realizaban la gestión de cerrar la cuenta de Ibercaja: “No, gracias, prefiero ir en persona”. Para eso había dejado 22,53€.

Esta mañana, antes de ir al trabajo, he pasado por la oficina más cercana (c/ Francisco Silvela, Madrid).

–  Hola, venía a ver cuánto dinero hay en la cuenta.

–  22,53€.

–  Perfecto, quería retirarlo.

–  ¿22 euros ó 22,53?

–  22,53€.

El hombre de la caja recoge el dinero, hasta el último céntimo y me lo da.

–  Tiene que firmar aquí.

–  Ahora quería cancelar esta tarjeta que me han enviado, que no he pedido ni activado y me dicen que me quieren cobrar 17€ ahora en octubre.

Comprueba unas cosas en el ordenador, me señala otros dos papeles donde debo firmar…

–  Y, por último, quería cerrar la cuenta.

[El orden de retirar primero el dinero, cancelar luego la tarjeta y por último cancelar la cuenta era premeditado: para evitarle la tentación de inventarse un “cargo por cancelación” dado que él vería que ya no quedaba dinero y para que fuese lo más parecido a una muerte anunciada]

–  … No puede ser, tiene que ir a su oficina (Las Rozas, a 22km de Madrid).

–  ¿Cómo que tengo que ir a un pueblo donde no vivo ahora para cerrar una cuenta? Deme una hoja de reclamación que voy a poner una queja.

–  Espere… voy a llamar a la oficina de Las Rozas a ver si me autorizan.

Esperamos a que llegue el fax… A quienes vivimos en Madrid, esto de tener que ir de Madrid a Las Rozas puede no parecer tan extraño, pero ¿si hubiese abierto la cuenta en Sevilla? Me parece estúpido pretender que cada persona haya de ir a cerrar una cuenta donde la abrió… En Ibercaja parecen serlo.

Llega el fax:

–  Usted tenía un seguro de vida… ¿relacionado con un préstamo?

–  Sí, me obligaron a abrirlo. No lo quiero.

–  Además, tiene una libreta.

–  No lo sé, si en algún momento la tuve no sé donde está.

–  Necesito que traiga la libreta, si no, no podemos cerrar la cuenta.

[Este fue el mejor momento… me costó no reírme: ¿qué debía pensar el cajero? “Si le retengo unos días hasta que encuentre la libreta, igual se lo piensa, recapacita y quiere volver a ser nuestro cliente”… esto es como entienden el servicio al cliente – ni que hablar de no cobrar por realizar transferencias, ni por las tarjetas, horarios de apertura, horarios de atención telefónica, etc.]

–  No me ha entendido: no tengo esa libreta ni se la voy a traer.

–  … Bueno, si un día la encuentra corte la banda magnética…

Firmé un último papel y salí del banco sonriente.

Aunque muy pocos, hay días en que el ir a un banco o caja puede hacer que tu día empiece de la forma más feliz.

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